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Guénon en el corazón (2) – Federico González

Continuación:
En un trabajo anterior (“La Iniciación Hermética y René Guénon”, SYMBOLOS 11-12, 1996, pág. 221) nos hemos referido a que el orden en la lectura de la vasta y compleja obra de Guénon puede marcar las diferencias entre una y otra forma de acercarnos a su pensamiento y al esoterismo en general. Ello está expresamente de acuerdo con el nivel cultural, la universalidad de las imágenes, los prejuicios de sus lectores y las convicciones del hombre viejo. Porque si bien es útil -y hasta necesario- que se tienda un puente entre el estado profano en que se encuentra, en términos generales, la inmensa mayoría de aquéllos que se acercan a sus estudios por primera vez, también es imprescindible que al encarar el posterior desarrollo de esa obra, mensajera de la Buena Nueva, se mantenga la apertura hacia la metafísica, sin rebajarla a intereses personales, o de grupo, para no impedir vislumbrar así su inmenso poder intelectual, es decir transformador, el que desgraciadamente no todo el mundo está capacitado para asimilar. Este es el caso típico de aquellos que se sienten partícipes de alguna religión -como si todos de una u otra manera no lo fuéramos- anteponiendo sus “creencias” a cualquier nueva posibilidad, y ven en Guénon a un autor que les mueve a profundizar en ella. No obstante, y a pesar de que una y otra vez el metafísico francés establece las diferencias entre Ciencia Sagrada y religión 1, (concretamente las abrahámicas) no pueden superar el hecho de identificarlas entre sí, e incluso de creer que los términos religión y Tradición son sinónimos exclusivos.De más está decir que esas religiones son soportes igualmente válidos para la realización intelectual-espiritual, o sea para el Conocimiento, con numerosos ejemplos en el pasado, y aún hoy pueden ser consideradas vías válidas siempre que se supere el plano de la individualidad, de la cual son extensiones más o menos sublimadas, lo que las obliga a tener concepciones acerca de la deidad de tipo antropomórfico e histórico y a considerarse sus propietarias, en desmedro de cualquier otra forma de realización, incluso respecto a los otros brazos abrahámicos, lo que, como tanto hemos repetido, desemboca de modo fatal, según se lo puede advertir, en confusos y contradictorios movimientos integristas y fundamentalistas sin ningún amor por la verdad, ni deseo de conocer, y que han tratado incluso de utilizar la obra y la figura de Guénon de acuerdo a sus limitados y personales intereses de capilla. Estas actitudes, incongruentes frente al desarrollo del discurso guenoniano, están sin duda relacionadas con la cerrazón y la ignorancia propias de los tramos finales de este fin de ciclo, que afecta a todas las instituciones, en primer lugar a las religiosas, dadas sus rígidas estructuras dogmáticas.2Nos referimos especialmente a F. Schuon y sus epígonos y a la confusión entre religión y metafísica y sobre todo a la equiparación entre los sacramentos cristianos y la Iniciación, lo que supone que el proceso del Conocimiento está implícito en el Cristianismo y sus ritos, lo cual, por un lado, es negar la auténtica realidad de la Iniciación -concepto que Guénon destaca una y otra vez en su extensa obra y al que atribuye una importancia radical, un carácter ineludible y propio del proceso de transmutación-, y por el otro, equipararlo a cualquier rito religioso, luego exotérico, de esta y de las otras dos manifestaciones nacidas históricamente de las evoluciones de la emanación abrahámica, que desembocan en el judaísmo, el cristianismo y el Islam, es decir, en aquellas formas engendradas por la ley que estos manifiestan a través de supuestos dogmatismos, anteponiendo de ese modo la letra al espíritu, lo exotérico a lo esotérico, como ya sabemos, y cercenando de esta manera la posibilidad de superar dicha ley, propia del mensaje implícito en esas religiones.

Negando así, o soslayando, las innumerables tradiciones fuera de las “del Libro”; nos referimos nada menos que al Hinduismo, Taoísmo, a la Tradición Mahayana, o Lamaísta, al Shinto, Zen, a la Masonería, prototipo de sociedad iniciática, a la Tradición Hermética, a la que el metafísico francés le valida el Conocimiento de los Misterios Menores, y a decenas de culturas chamánicas de Asia, Africa, Oceanía y América, o a grupos tradicionales que se creía muertos y que hoy renacen con nueva vitalidad, y que son simplemente negados, dejados de lado, sólo para aceptar las limitaciones de dichas manifestaciones emanadas del tronco abrahámico que, como sabemos, son las únicas según Guénon que corresponden al término religión, particularmente en el sentido moderno de la palabra.3

NOTAS
1 “Ahora, por lo mismo que se trata de esoterismo y de iniciación, es que de ninguna manera se trata de religión, sino más bien de conocimiento puro y de ‘ciencia sagrada’, la que no por tener ese carácter sagrado (el cual ciertamente no es monopolio de la religión como algunos parecen creerlo equivocadamente) es menos esencialmente ciencia,…” (Aperçus sur l’Initiation, cap. XI: “Organizaciones iniciáticas y sectas religiosas”). Ver la Adenda a nuestro artículo anterior: “Esoterismo y Fin de Ciclo (2)”, donde se encuentra una selección de citas de Guénon referidas a la diferencia entre Religión y Metafísica.
2 “…y la unidad misma, a su vez, no es un principio absoluto y que se basta a sí mismo, sino que es del Cero metafísico que extrae su propia realidad. “El Ser, no siendo sino la primera determinación, la determinación más primordial, no es el principio supremo de todas las cosas; no es, lo repetimos, mas que el principio de la manifestación, y se ve por ello cómo queda limitado el punto de vista metafísico por aquellos que pretenden reducirlo exclusivamente a la sola ‘ontología’; hacer así abstracción del No-Ser, es propiamente incluso excluir todo aquello que es lo más verdadera y puramente metafísico.” (R. Guénon, Los Estados múltiples del Ser, cap. V: “Relaciones entre la unidad y la multiplicidad”).Algunos autores sobre Cábala confunden Kether con En Soph, o lo asimilan en razón de su monoteísmo que excluye toda posibilidad que no esté incluida en el Ser Universal como es el caso de Leo Schaya. Esta confusión existe desde casi los comienzos de la doctrina de las sephiroth. Así, Yosef Ghikatilla hacía esa misma asimilación en el siglo XIII. Esto se debe según G. Scholem a que “El Zóhar distingue claramente entre dos mundos que representan a Dios. En primer lugar, un mundo primario, que es el más profundamente oculto de todos, imperceptible e ininteligible para todos salvo para Dios: es el mundo del En-sof. En segundo lugar, otro mundo, ligado al primero, que posibilita el conocimiento de Dios y del cual dice la Biblia: ‘Abre las puertas para que yo pueda entrar’. Es el mundo de los atributos. En realidad, los dos forman uno, del mismo modo que -para usar un símil del Zóhar- el carbón y la llama; el carbón existe también sin la llama, pero su poder latente no se manifiesta más que en la luz de ésta. Los atributos místicos de Dios son como mundos de luz en los que se manifiesta la naturaleza oscura del En-sof.” (Las grandes tendencias de la mística judía, Ed. Siruela, Madrid 1996, pág. 230).En todo caso se está equiparando a la Unidad, primera determinación, al Cero metafísico, es decir la Ontología a la verdadera materia de la Ciencia Sagrada. Esta actitud respecto a que no hay otra cosa que la Unidad elimina tanto la pluralidad de nombres divinos, como la Suma Posibilidad, a la que se determina, convirtiéndose esto en un monismo radical.Empero, Kether, la Corona, está sobre la cabeza del Hombre Universal, como perteneciendo a la vez tanto al plano cósmico más elevado como a lo que está más allá de él.Igualmente hay que subrayar que para los occidentales de hoy la única forma de conocer En-Soph, es a través de Kether, la Unidad, el mayor de los Símbolos que se polariza dando lugar a la tríada, es decir a los tres Principios supremos, capaces de desencadenar cualquier manifestación en todos los planos o mundos lo cual definitivamente rebasa lo religioso.Agregaremos que para el Hinduismo esto se traduce en la diferencia entre Îshwara y Brahma (ver R. Guénon, El Hombre y su Devenir según el Vêdânta, Ed. Traditionnelles, París 1997); en el caso del Taoísmo ver aquí mismo al final de la Adenda de este capítulo las diferencias entre el Tao con nombre y el Tao sin nombre. En la Tradición Precolombina a esta instancia de la Deidad se la llamaba el Dios desconocido (ver F. González, Los Símbolos Precolombinos: Cosmogonía, Teogonía, Cultura, Ed. Obelisco, Barcelona 1989).Ver la ADENDA al final de estas notas [siguiente entrada] para algunas otras citas análogas de R. Guénon, que no son exhaustivas. También, Paul Vulliaud, La Kabbale juive, Tome I, IX.I: “L’Infini (En-Soph)”, Editions d’Aujourd’ Hui, Plan de la Tour (Var) 1976.
3 Recordemos, de paso, que en cierta época de su carrera, para aquéllos que no lo conocían personalmente, Guénon era un autor hinduista, tal el caso de René Daumal, entre otros, quien vivía en París contemporáneamente con nuestro autor. Igualmente ténganse presentes las referencias de Guénon con respecto a la Tradición Hindú y a su pureza con respecto a las otras, y su referencia a que estaba viva y se solía -como al Taoísmo- considerársela muerta. Actualmente algún crítico ha deslizado su opinión al afirmar generalizando que ve en las personas que han recibido una influencia de la obra de Guénon unas características propias emanadas de fuentes hindúes, de las que el propio Guénon era vocero (Nelly Emont, Revista ARIES Nº 8, diciembre 1988, comentado en SYMBOLOS Nº 1, pág. 185). Tiene razón este autor, salvo que desconoce que la misma esencia está presente en la totalidad de las tradiciones –incluso en las religiones (hasta en el Islam donde Ibn Arabí la expresa con claridad: este autor establece que entre el Ser y el No-Ser, o sea la Nada, existe un Sublime Intermediario que mira a la vez hacia el Ser y hacia la Nada, o No-Ser) aunque a veces no se explicite, y en las formas iniciáticas que no constituyen una religión, como la Masonería y tantas otras– cuando se profundiza en ellas y se supera el nivel de la deidad creadora tomada como la última instancia de la posibilidad de Conocer. El No-Ser, el verdadero Infinito (para la Cábala Hebrea: En-Soph [איך סוף], o Ayn [איך] = “Nada”, o sea, nada de lo que pudiera ser algo), da plena fe de ello.